Nombrar lo innombrable
El compositor Stravinsky decía en la autobiografía publicada en el año 1936 que la música «no puede expresar nada, solamente se puede expresar a sí misma». Sin embargo, la necesidad de explicar la música, así como el arte, maneras de descifrar nuestro deseo y la naturaleza humana misma, ha sido presente a lo largo de la historia. Incluso hoy, en un momento en el que la cultura ha sido cooptada por la especulación y los intereses tecnocapitalistas, la necesidad de hablar de ello y de entender lo que rehúye el lenguaje es más imperante que nunca. Poder hablar de arte, de creación, es hablar de humanidad. Poder hablar de humanidad es entender el valor dejando a un lado el mercado. Pero ¿cómo hablamos de lo que no podemos nombrar?
En el curso «¿Qué es la música?», Jordi Savall plantea esta misma pregunta. Si no podemos explicar la música, ¿podemos hablar de ella? Del griego musique, palabra asociada a todas las artes, la tenemos que entender como la pulsión de expresión —de todo tipo— del ser humano. Es por esto, justamente, que Savall considera que la música tiene la capacidad de representar las emociones humanas de una manera más concreta y definida que la palabra. Pero, por suerte, en la palabra también hay margen. Como explica el escritor Raül Garrigasait en la sesión «La ira», estas pasiones que intentamos expresar comprenden todo un campo semántico que se consolida a través de imágenes que no hemos vivido, pero que reconocemos, de la literatura o el cine. Cómo representamos lo que sentimos, nos forma: «La ira quiere restablecer un orden; la ira, a diferencia del desánimo, quiere justicia. En la ira hay un deseo por un mundo mejor», dice Garrigasait.
La revisión del lenguaje y el poder que tiene sobre nuestra visión del mundo y de nosotros también entreteje la conversación entre las filósofas Sara Torres y Elisabeth Duval en la sesión «Melancolía» del curso «Re/sentir el deseo», donde exploran y discuten la dificultad de definir el deseo de manera concreta, considerando que justamente en esta dificultad hay el potencial político para ser más libres. Para artistas y filósofos, el lenguaje es una herramienta para explorar lo que no podemos nombrar. No obstante, si el lenguaje no es universal, si cada lengua tiene sus limitaciones, ¿cómo podemos hablar de lo que sí que nos resulta universal? ¿Todos hablamos de ello del mismo modo? Y aún más: ¿cómo lo podemos traducir? En la sesión «Traducir a un escritor filósofo» del curso «Dostoievski, pensador», el traductor Miquel Cabal Guarro detalla cómo el escritor ruso fue capaz de expresar la concepción de su mundo mediante las palabras que elegía para explicarlo.
Hoy, además, todavía hay otro intermediario entre el mundo, la palabra y nosotros, y es la imagen. En el curso «Imágenes latentes», el artista Joan Fontcuberta explora el lenguaje implícito en la fotografía. No solo lo que describe una imagen, sino el mundo que representa en la manera de hacerlo: «la imagen no únicamente como una representación de la realidad, sino como un símbolo cargado de emoción, un depósito de valores donde adherimos tanto la verdad como la memoria». Algunas cosas, cosas profundamente humanas, son incluso más difíciles de representar mediante la imagen de lo que lo han sido mediante la música o la palabra. Fontcuberta explora la no-imagen, la desaparición del recuerdo, en una colección de fotografías deterioradas y en proceso de desaparecer, eternizando su «muerte» con la imagen de su degradación. José A. Ortiz, en cambio, en la sesión «Perder a la amada o pintar el duelo: la mirada de Claude Monet», habla de la búsqueda de los artistas para captar la vida y, así, la muerte: «Cuando los artistas impresionistas pintan el aire libre quieren captar el instante, la luz que cambia. Esto es propio del lenguaje de la muerte, el lenguaje del tempus fugit.» Ortiz pasa por distintas épocas y movimientos pictóricos, hasta llegar al arte contemporáneo y la performance para representar la muerte con la obra de Ana Mendieta. Vivir la muerte, a través del arte, para entender la vida. Pero ¿cómo nos podemos relacionar con las imágenes cuando impregnan nuestro día a día de manera constante, involuntaria, incoherente?
El metalenguaje de internet ha creado nuevas maneras de expresarnos, nuevos códigos universales, que a menudo van más allá de la palabra, del sonido y de la imagen como representación de la realidad. En la sesión «El meme depresivo como síntoma», el filósofo Eudald Espluga explora la creación cotidiana para expresar nuestro malestar: los memes. Símbolos que nacen del humor, de la repetición, de la deformación constante de un código compartido. Es un lenguaje vivo y cambiante, que representa la actualidad que vivimos y que también tiene capacidad de marcarla. Un lenguaje, dice Espluga, que puede llegar a tener potencial político precisamente por el hecho de crecer en los márgenes.
Byung-Chul Han, contextualizado por Fernando Pérez-Borbujo en la sesión «Muerte, dolor y alteridad», asegura en obras como No-cosas (Taurus, 2021) que el orden digital desnaturaliza las cosas informatizándolas, es decir, convirtiéndolas en información, y a nosotros, los humanos, nos convierte en infomaníacos, infómanos, datasexuales, asimilándonos a los sistemas y las máquinas que las analizan. Al intentar nombrar lo innombrable, explicar lo que rehúye nuestro lenguaje y que no se puede cuantificar, valorar y sistematizar, hacemos un ejercicio de búsqueda sobre la cultura, es decir, sobre la humanidad misma.